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lunes, 30 de junio de 2014

CUANDO DESCANSA LA CARRETERA



(Primera edición, año 2012. Versión reeditada.)


Existen pocas cosas, o tal vez ninguna, más inciertas que el desenlace de un viaje por carretera. De hecho, la incertidumbre es un elemento sustancial e inherente al propio acto de viajar. Esto explica porqué los antiguos sentían tanto pavor cuando se veían obligados por las circunstancias a ponerse en marcha hacia algún sitio, a desplazarse de un lugar a otro, a abandonar la relativa seguridad de su residencia habitual para caminar al encuentro de otras tierras desconocidas y a menudo lejanas en un mundo todavía inhóspito y dotado de unas vías y medios de comunicación tan rudimentarios y peligrosos que hasta las distancias más cortas, bajo nuestra perspectiva actual, resultaban entonces inmensas. La mayoría de los hombres llevaba pues una existencia semejante a la de los árboles: enraizados en su ámbito natal hasta la muerte. Sólo se viajaba por imperiosa necesidad, inevitablemente, cuando no quedaba otro remedio, y cada viaje de la antigüedad podía constituir por sí mismo toda una proeza con ribetes de epopeya, de odisea, o de tragedia, aunque no mediase ningún testimonio oral o gráfico que pudiera constatar sus azarosas consecuencias. Por eso los grandes viajeros de la antigüedad (Marco Polo, Cristóbal Colón, Magallanes, y tantos otros) eran tenidos por héroes o semidioses investidos de un aura mítica y casi inmortal, y sus esforzadas andanzas por el mundo provocaban tanta sorpresa como admiración y estaban condenadas a perdurar en la memoria de la Humanidad.


Siglos de evolución, conocimiento y desarrollo nos han trasladado a un mundo globalizado en el que las distancias prácticamente no existen, y en todo caso los medios para recorrerlas son tan avanzados, rápidos, cómodos y seguros, por lo general, que los recelos viajeros de nuestros ancestros parecen haber perdido toda la razón de ser que tuvieron en el pasado. Y sin embargo, esa fobia de naturaleza eminentemente cultural, ese oscuro tabú transmitido de unas generaciones a otras, todavía pervive inconscientemente entre nosotros. No es casual que la mayoría de las personas se alteren emocionalmente ante la inminencia de un viaje, no importa que se trate de un viaje de placer voluntariamente elegido o incluso de un viaje de rutina realizado muchas veces con anterioridad. No existen dos viajes iguales, aunque transiten por idéntica ruta, y la incertidumbre siempre estará presente en cada uno de ellos transmitiendo al individuo una compleja variedad de emociones, algunas soportablemente llevaderas e incluso gratas y tranquilizadoras, pero otras no tanto, o más bien, por el contrario, realmente incómodas y causantes de desasosiego y temor.

sábado, 18 de mayo de 2013

EL 666 DE LA N-IV. Aquel viaje iniciático de la niñez. (Junio de 1971)




La boda de unos parientes en Sevilla motivó el viaje más largo por carretera y en coches propios que habría de realizar nuestra familia probablemente en toda su historia. Pero no sólo el más largo en kilómetros, sino también el más corto en duración, pues se llevó a cabo en apenas tres o cuatro días, probablemente de viernes a lunes en el tórrido mes de junio de 1971, sin que las fechas exactas tengan la menor relevancia en esta crónica postrera realizada cuarenta y dos años después. La cuestión es que  este viaje, originalmente de Madrid a Sevilla, bien pudo no llegar a realizarse nunca, al menos por una parte de la expedición familiar, ante la gran distancia a recorrer, la precariedad de las carreteras españolas de la época y la incomodidad y escasez de prestaciones de los automóviles de los que se disponía. Y de hecho, seguramente por estos o por motivos parecidos, una facción familiar prefirió realizarlo en avión. Tan sólo cuatro años antes, en 1967, mi padre, uno de los dos conductores de esta expedición (el otro era mi tío Vicente), había descartado un viaje similar a Fregenal de la Sierra (Badajoz) para asistir a la boda de un compañero de trabajo, excusándose, textualmente, con estas palabras: por supuesto que no iremos, pues está lejísimos.

Ciertamente, en aquellos años de carreteras generales insufribles, casi setecientos kilómetros eran una enormidad, por eso sorprende que tanto mi tío como mi padre decidieran lanzarse a la nacional IV, de Madrid a Cádiz, a bordo de sus modestos Renault 8 que apenas si alcanzaban los 110 km/h. de velocidad punta y además llevando a la familia, que incluía esposas, niños pequeños y abuelos, en total diez personas repartidas entre los dos vehículos. Quien esto escribe formaba parte de los pasajeros y contaba con apenas siete años de edad, por lo que lo recuerdos que le quedan de aquel viaje, después de cuatro décadas, además, son vagos, imprecisos y fragmentarios, y a menudo sólo se han conservado de ellos imágenes o sensaciones inconexas entre sí y ya muy desvaídas. Existen fotografías del viaje, desde luego, y fueron las primeras que esta familia hizo en color, cuando la fotografía en color era todavía una modernísima novedad para los particulares y el revelado posterior de los carretes costaba tiempo y bastante dinero en comparación con la fotografía tradicional en blanco y negro, pero esas fotografías, lejos de ayudar a desarrollar los recuerdos, lo único que consiguen es instantaneizar momentos muy concretos pero desvinculados de la memoria, detener la realidad y dejarla suspendida en una imprecisión de tiempo y espacio que termina por resultar ajena a sus protagonistas más de cuarenta años después de ser tomadas.

Quien esto escribe, recuerda que el viaje se inició a primeras horas de una mañana soleada y calurosa, y que los dos Renault 8 partían juntos, y juntos harían las paradas en la ruta, que habrían de ser muchas y largas, y juntos llegarían a destino a Sevilla, a saber al cabo de cuántas interminables horas, pero que probablemente fueron al menos diez. El R-8 de mi padre era de color amarillo y había sido matriculado en diciembre de 1967 con placa M-631.198. El de mi tío Vicente era de color azul marino, matriculado en junio de 1969 con placa M-749.860. En muchas fotografías de la época aparecen juntos ambos automóviles, sobre todo en excursiones dominicales y veraniegas, pero probablemente la imágen más célebre de todas sea la que encabeza esta entrada, realizada en aquel viaje a Sevilla que estamos contando, en una parada en el alto de Despeñaperros, cuando este tramo de la antigua N-IV era particularmente pavoroso y temible para los conductores, pero también mítico una vez que conseguían coronar la cima sin contratiempos, de ahí la afición de los viajeros a retratarse con sus vehículos en tan singular y hermoso paraje, frontera natural entre Castilla-la Mancha (entonces Castilla la Nueva) y Andalucía.

Desde Madrid hasta aquí el viaje se resumía en una larga travesía por el desierto surcando una vieja carretera nacional de dos carriles atestada de camiones. En 1971 sólo existía un tramo de autovía desde la capital hasta las proximidades de Aranjuez, en donde la carretera, todavía de adoquines en este tramo, se adentraba en pleno casco urbano y monumental de la población ribereña del Tajo, formándose unos atascos y retenciones tales que bien podía tardarse media hora o más en atravesarla. Muy cerca de Aranjuez se encontraba la famosa y terrible Cuesta de la Reina, cuya pendiente hoy nos parece una nimiedad, pero que antaño ponía a prueba los motores de los vehículos y suponía de hecho un obstáculo importante de esta ruta.  Una vez superada la dificultad montañosa de Despeñaperros, volvían las interminables rectas de un carril por sentido hasta Sevilla, a cuyas puertas existían apenas unos pocos kilómetros de autovía, al igual que a la entrada de Cádiz, destino final de esta carretera a 701 kilómetros de su origen. Los croquis que adjuntamos a continuación pueden resultar un tanto engañosos, pues fueron publicados uno o dos años después, cuando la N-IV ya había recibido alguna mejora y se habían habilitado varios kilómetros más de autovía.


Después de la parada obligada en Despeñaperros creo recordar vagamente que nos detuvimos también en Andújar, y posteriormente, ya con toda seguridad, en Córdoba, en donde visitamos con largueza la Mezquita, sin ninguna prisa por volver a la carretera. En realidad la carretera era una pesadilla y hacía mucho calor durante todo el viaje, de modo que todas las pausas y demoras de la ruta eran bien recibidas por adultos y niños, aunque de este modo el viaje no terminase nunca. Debimos llegar a Sevilla con la sofocante tarde ya vencida y nos perdimos por sus calles buscando la indicación de la Estación de Cádiz, creo recordar (o bien otra estación determinada), en cuya referencia o proximidad se encontraba la pensión en donde habríamos de alojarnos, cabe suponer que reservada previamente. Tardamos mucho tiempo en encontrar el lugar que buscábamos, para desesperación y agobio de todo el pasaje. Omitiremos los detalles de la estancia en Sevilla y de la propia boda familiar que nos había llevado hasta allí, por alejarse de la temática concreta de la carretera que nos interesa, pero sí haremos la salvedad de destacar que en el aeropuerto hispalense, en donde se nos hizo de noche esperando a otros familiares que venían de Madrid en avión (y que lo hicieron con retraso, estábamos en la España de 1971), copiosos enjambres de mosquitos nos acribillaron a placer en las proximidades de las pistas e incluso en el interior de la cafetería, en donde se respiraba un ambiente denso, húmedo y malsano. No recuerdo otra ocasión en mi vida en la que estos insectos se hayan ensañado tanto conmigo.

Pero aún quedaban muchos kilómetros por delante en aquel viaje para mí iniciático, pues fue sin duda la primera vez que empecé a dedicarle atención a la carretera y a dejarme admirar por las cosas que podían encontrarse en ella. Aprovechando seguramente un día de ocio previo o posterior a la boda en Sevilla, los conductores y jefes de la expedición decidieron hacer turismo y poner rumbo a Cádiz con todo el pasaje a bordo de los R-8. Era también entonces un gran viaje de ida y vuelta en la misma jornada, dentro de la enormidad del viaje global de tres o cuatro días. Acostumbrados y asiduos al Mediterráneo, del que procedían nuestros orígenes familiares, la mayoría de nosotros íbamos a ver el Atlántico por primera vez. Tuvimos la suerte de que la rampa levadiza del puente León de Carranza sobre la Bahía de Cádiz se alzase precisamente en el momento en el que circulábamos por allí para dar paso a un buque de gran envergadura, lo que nos obligó a detenernos ante un semáforo en rojo y nos brindó la oportunidad de bajarnos de los coches para recrearnos con el admirable paisaje marítimo circundante. Para mí fue una experiencia memorable, y recuerdo que alguien hizo varias fotografías que yo tal vez nunca llegué a ver, y que a día de hoy parecen estar perdidas o en paraderos bastante desconocidos.  Más tarde, en una calle de Cádiz un peatón borracho que intentaba cruzar por lugar indebido y al que casi atropellamos, le pegó una patada a la puerta trasera izquierda de nuestro R-8, en donde iba yo sentado, y el golpe fue tremendo y el infeliz tuvo que hacerse daño forzosamente (creo que llegó a abollar la chapa), y yo tal vez me asusté, pero los adultos no le dieron demasiada importancia a este suceso y seguimos adelante sin detenernos. 


Por aquel entonces estaban muy de moda los portafotos magnéticos que se adherían al salpicadero de los coches y en donde los conductores llevaban fotografías de su familia a modo de recuerdo disuasorio de la velocidad y de otros riesgos al volante, en los que acaso podían incurrir en ausencia de la mirada inquisitiva o suplicatoria de prudencia de la esposa e hijos retratados. Este que adjuntamos, en concreto, era el que llevamos en el R-8 y otros coches posteriores durante bastantes años, y que todavía se conserva, aunque yo le despojé de los imanes hace mucho tiempo para darles una nueva utilidad.

Apenas seis meses después de nuestro periplo meridional, en enero de 1972, se inauguraría la autopista de peaje entre Sevilla y Cádiz, tal y como reflejó en su día el NO-DO (pinchar directamente en la referencia alfanumérica que aparece debajo de la miniatura del video):


Pero el momento álgido, mítico y mágico de aquel largo viaje por Andalucía tuvo lugar ese mismo día que estábamos relatando, bien a la ida de Sevilla a Cádiz o viceversa, no lo recuerdo, cuando alguien de la familia tuvo el empeño genial de fotografiar el hito kilométrico 666 de la N-IV, algo tan curioso como nunca visto para nosotros, poco acostumbrados a lejanías tan distantes de Madrid. Y así fue que detuvimos los dos R-8 en el arcén de la carretera junto al hito de piedra, que sólo muchos años después he descubierto que se encontraba en el término de Puerto Real, en donde se sigue ubicando ahora al menos la placa metálica con los tres seises correspondiente a la autovía A-4 en el mismo o aproximado punto, como podemos ver en esta captura de Google Maps:

 


En aquella tarde sobredorada y tibia de junio de 1971, mientras observábamos admirados el hito kilométrico 666 y sacábamos al menos una fotografía de recuerdo de tan singular elemento de la carretera, poco podía imaginar que más de cuarenta años después yo estaría escribiendo sobre él, y aún más, modelando una réplica en barro del original en miniatura, como acabo de hacer ahora. Lamentablemente aquella fotografía, que hemos estado buscando recientemente varios miembros de la familia en nuestras particulares almonedas de la nostalgia, no se ha dignado aparecer todavía, o bien es que ya no existe, o bien es que nunca existió porque nunca la hicimos y fue sólo producto de nuestra imaginación o de los sueños perdidos del pasado. ¿O es que acaso el diablo tuvo o ha tenido algo que ver en ello?  Nunca lo sabremos.

 

jueves, 21 de febrero de 2013

LA TRAGEDIA DEL CAMPING DE LOS ALFAQUES. 11 de Julio de 1978. (2ª parte). El camión que sembró la muerte.





     Se trataba de un camión de la marca Pegaso, probablemente del modelo 1083, matriculado en Febrero de 1972 con placa de Madrid, M-7034-C. Fue precisamente en ese año cuando apareció esta moderna gama de camiones Pegaso, denominados cabina cuadrada, para actualizar el viejo catálogo de modelos del caballo alado, entre los que se encontraban los Comet y los popularmente conocidos como Cabezones, que llevaban ya bastantes años en el mercado. Los 1083 y el resto de los modelos denominados como cabina cuadrada eran unos camiones tecnológicamente avanzados y especialmente enfocados al transporte por carretera de larga distancia y gran tonelaje, y muy indicados, por tanto, para el arrastre de pesados remolques, semirremolques, contenedores y cisternas industriales. El que se estrelló en el camping Los Alfaques llevaba un semirremolque-cisterna, con matrícula M-07981-R, de 45 metros cúbicos de capacidad y una presión máxima permitida de 30 kilogramos por centímetro cúbico, medidas correctamente homologadas a las normas europeas del Código de Transportes de Productos Peligrosos por Carretera de la época (A.D.R.), según manifestó en las horas posteriores al accidente la empresa propietaria del vehículo, Cisternas Reunidas S.A., con sede principal en la localidad de El Palmar (Murcia), y delegaciones en la propia provincia de Tarragona. Sin embargo, algunos otros datos que facilitaron fueron incorrectos, como el año de fabricación del camión, que ellos estimaron en 1974 (y que por matrícula se correspondía a 1972, como hemos visto), y la marca de la cisterna, Fruehauf, que luego resultó no ser tal, pues este dato fue desmentido por la prensa, aunque no constase información alguna sobre la verdadera marca, o al menos nosotros no la hemos encontrado. Por otra parte, como veremos enseguida, tanto el camión (o cabeza tractora), como la cisterna, no eran propiedad exclusiva de la empresa citada, sino que al parecer se encontraban en un extraño período de condominio entre ésta y el conductor del camión, a quien le habían vendido a plazos ambos vehículos, estando parte de dichos plazos aún pendientes de pago.

 
     El conductor del camión se llamaba Francisco Imbernón Villena, tenía 50 ó 51 años, según diferentes fuentes consultadas, era natural de San Pedro del Pinatar (Murcia), y residía en Alcantarilla, en la misma provincia. Estaba casado y era padre de cuatro hijos. Sus dos hijas mayores estaban, a su vez, casadas con camioneros, y un tercer hijo pensaba dedicarse también a esta profesión recién finalizado su servicio militar. El cuarto hijo, menor de edad, acompañaba alguna vez a su padre en los viajes en el camión, aunque afortunadamente aquel fatídico 11 de Julio de 1978 no viajaba con él, información esta última facilitada escuetamente en un foro de internet por un usuario que dice estar casado con una nieta de Francisco Imbernón. Este camionero, al parecer, tenía larga experiencia como transportista, y con anterioridad, entre otras mercancías, había conducido camiones de pescado. Pero en su pasado más reciente también había varios puntos oscuros y alguna tragedia familiar de por medio: según ciertas informaciones no demasiado divulgadas, meses antes de la catástrofe de Los Alfaques había sido condenado por el Juzgado de Instrucción de Tortosa por un delito de imprudencias, sin que consten más detalles del mismo, y también por esa época un hermano suyo había fallecido arrollado precisamente por un camión.

     El terrible accidente del camping Los Alfaques vino a poner de manifiesto las notables precariedades de un país como España, todavía en vías de desarrollo y con grandes deficiencias en muchos aspectos estructurales en aquel tiempo, pese a acogerse a las directrices y supervisiones europeas al uso en las diferentes materias relacionadas con la seguridad. Un país en donde, además, las constantes negligencias en todos los ámbitos estaban a la orden del día sin que apenas fuesen perseguidas ni castigadas, pues solía hacerse la vista gorda. Por ejemplo, sin ir más lejos, el mismo camping casi doblaba su aforo máximo de campistas permitido por ley en el momento de la catástrofe. Una imprudencia menor en comparación con la peligrosa sobrecarga de gas propileno que llevaba la cisterna cuando se estrelló contra sus instalaciones, matando a centenares de personas. Los propios servicios sanitarios que acudieron al rescate estaban, asimismo, infradotados, y se vieron enseguida desbordados por la magnitud de los hechos, hasta el punto, como hemos comentado en la primera parte de este reportaje, de que buena parte del rescate y posterior traslado de los heridos quemados a los centros hospitalarios fue realizado por personas particulares en sus vehículos. Incluso un autobús convencional al que se le arrancaron los asientos participó también en el transporte de las víctimas. Las carreteras de la zona, en este caso principalmente la N-340, mostraron enseguida su escasa capacidad de tránsito, y más aún siendo época estival, de manera que los atascos las colapsaron de inmediato, demorando la rápida evacuación de los damnificados, como oportunamente destacó algún diario francés. En realidad era impensable esperar otra cosa.


     Pero la tragedia empezó a fraguarse aquella misma mañana, cinco horas antes y a un centenar de kilómetros de la playa de Los Alfaques, concretamente en La Pobla de Mafumet, en el cinturón industrial de Tarragona, en donde la empresa Enpetrol tenía la fábrica petroquímica que habría de surtir de gas propileno al camión de Cisternas Reunidas S.A. conducido por Francisco Imbernón. Este llegó a la factoría conduciendo en solitario el vehículo sobre las 10´15 horas, sin que conste cuál era su lugar de procedencia, bien la sede de la empresa en El Palmar (Murcia), bien la empresa El Paular, en Puertollano (Ciudad Real), otra factoría petroquímica receptora del cargamento de propileno suministrado en Tarragona -y que nunca alcanzaría su destino-, o bien el camionero no había realizado viaje alguno aquella mañana o en la madrugada anterior, pernoctando la noche de la víspera en las proximidades de la factoría de Enpetrol. Detalles aparentemente irrelevantes, pero que no lo son tanto si tenemos en cuenta que cualquiera de aquellos desplazamientos previos (casi 700 y 500 kms. de Puertollano y Murcia a Tarragona, respectivamente), de haber existido, habrían podido incidir de alguna manera en las condiciones psicofísicas del transportista (sueño, cansancio, falta de atención, distracciones al volante...) e influir posteriormente en el siniestro. Hasta ocho años después no se implantaría en España el tacógrafo obligatorio para los vehículos pesados, de modo que hasta entonces era frecuente que los camioneros cometieran todo tipo de excesos en su actividad laboral, conduciendo más horas de las recomendables y descansando entre una ruta y la siguiente menos de las necesarias, acuciados por los plazos de entrega de las mercancías y las necesidades económicas, sobre todo si eran propietarios autónomos. Francisco Imbernón lo era entonces y parecía, en efecto, acuciado por dificultades económicas derivadas de la reciente adquisición del camión y la cisterna a su empresa, que estaba pagando a plazos, como hemos mencionado con anterioridad y vamos a seguir viendo enseguida.

     Entre las 11 y las 11´20 horas el vehículo comenzó a cargar propileno en la factoría de Enpetrol, finalizando esta tarea sobre las 12´15 horas. Al parecer, no existía ningún instrumento para medir la cantidad de gas introducido en la cisterna, y tampoco los empleados de la refinería tenían ninguna obligación ni potestad en este asunto, siendo de la incumbencia exclusiva del conductor del camión el verificar su carga una vez efectuado el llenado de la cuba. Efectuado el pesaje en la báscula se comprobó que, efectivamente, la cisterna llevaba un importante exceso de carga de más de cuatro toneladas, pero como era una práctica habitual y consentida por los profesionales del transporte de mercancías peligrosas, nadie le concedió ninguna importancia. Hoy nos puede parecer de una temeridad criminal consentir ese sobrepeso en el transporte por carretera de un gas inflamable, inestable y sometido a un altísima presión para su traslado en cisterna. Una cisterna en la que, además, como descubrió el propio conductor, acababa de aparecer una abolladura junto a un punto de soldadura de la misma. Pero estábamos en España, en 1978, y la mentalidad era muy distinta a la actual. Media hora antes de emprender el trágico viaje, algunos testigos, trabajadores de la refinería, recuerdan haber escuchado a Francisco Imbernón discutir con alguien acaloradamente por teléfono solicitando dinero y advirtiendo de la abolladura del tanque. El chófer le había comprado a plazos a su empresa, Cisternas Reunidas S.A., tanto el camión Pegaso como la cisterna cuatro meses antes, por un importe total de 868.750 ptas. (5.221 €), a pagar en 18 mensualidades, aportando una entrada inicial de 150.000 ptas. (901 €). Hasta la fecha del siniestro había abonado ya dos letras por un importe de 68.000 ptas.(408 €), y debía abonar la tercera (40.625 ptas. ó 244 € actuales) con fecha del 20 de Julio de ese año. De este modo se acabaría convirtiendo en autónomo, si bien la empresa seguía mandando sobre la actividad del vehículo hasta que estuviera completamente pagado. Por consiguiente, parece ser que el chófer estaba de un modo u otro acuciado por los problemas económicos ocasionados por esta operación comercial. Una extraña relación laboral la de este trabajador con la empresa, por otra parte, pues después de causar baja en la misma durante algún tiempo, como consecuencia de una sentencia condenatoria por imprudencias, que ya hemos mencionado, fue readmitido sin problemas para realizar una tarea, como la del transporte de mercancías peligrosas por carretera, para la que no estaba cualificado, pues al parecer no había recibido la capacitación profesional pertinente y desconocía los riesgos del material transportado.


     Por fin, a las 12´35 horas, después de firmar la documentación reglamentaria sobre la recepción y transporte de la carga, salió a la carretera con destino a Puertollano, sede de la empresa petroquímica El Paular, un viaje de casi 700 kilómetros de distancia. Curiosa e incomprensiblemente aquella empresa también fabricaba gas propileno, pero por alguna desconocida razón industrial o comercial recurría a los suministros de Enpetrol, en Tarragona. Pese a la larga distancia a cubrir, el chófer no tomó la autopista, o por lo menos la tomó en algún tramo muy corto para abandonarla después y seguir circulando por la N-340. Muchos transportistas de la época desdeñaban las autopistas, en primer lugar porque debían pagar los peajes de su bolsillo, y en segundo porque tradicionalmente siempre habían circulado por carreteras generales, antes de la reciente construcción -entonces- de la mayoría de las autopistas españolas, y ello iba asociado a unas costumbres consolidadas, como los descansos, las comidas, los puntos de repostaje de combustible, etc. Aquel 11 de Julio de 1978 era un día extremadamente caluroso en la provincia de Tarragona, con temperaturas cercanas a los 30 grados centígrados, una circunstancia que pronto empezó a alterar las condiciones de transporte seguro del propileno en la cisterna, pues al no disponer de válvulas de seguridad e ir sobrellenada con un exceso de cuatro toneladas, no quedaba espacio libre en la cuba para contener una posible dilatación del gas, que viajaba congelado a -185 grados centígrados. Algunos detalles más que se conocieron en su momento acerca de esta ruta mortal emprendida por Francisco Imbernón y su Pegaso cabina cuadrada hablan de las largas travesía que hicieron a través de los cascos urbanos de Tarragona, Tortosa y San Carlos de la Rápita, siguiendo el trazado original de la N-340, absolutamente saturado de tránsito en las primeras horas de aquella tarde estival en una comarca litoral y turística por antonomasia como esta. Pero también se suscitaron controversias acerca de si debía ir acompañado por un segundo conductor o no, y al parecer no había nada reglamentado al respecto. Un segundo conductor, por otra parte, no hubiera evitado tampoco el accidente, todo lo más no habría hecho sino incrementar el número de víctimas. Anteriormente, aunque al parecer sin consecuencias graves, ya habían sufrido varios percances en la zona algunos camiones cargados con mercancías peligrosas, unos estrellándose contra edificios al borde de la carretera, otros derramando sus mercancías tóxicas en la calzada. La N-340 entre Tarragona y Valencia era una especie de largo corredor o pasillo de alto riesgo de centenares de kilómetros por el que circulaban diariamente miles de camiones transportando toneladas y toneladas de peligrosos productos petroquímicos y toda clase de venenos industriales sólidos, líquidos o gaseosos. Un trayecto maldito en el que podía producirse en cualquier momento una tragedia de proporciones monstruosas.

     A las 14´36 horas del martes 11 de Julio de 1978, se consumó el desastre. La hora quedó puntualmente registrada en el propio reloj de pulsera del camionero Francisco Imbernón, según oportuna fotografía de un periodista gráfico que estuvo en el lugar de los hechos. Sorprendentemente el reloj, aunque parado, permanecía intacto sobre la muñeca carbonizada del transportista, primera víctima de la catástrofe, cuyo cuerpo completamente quemado e irreconocible fue localizado en las proximidades de la cabina del camión. Hemos omitido todas las fotografías truculentas que se publicaron sobre el suceso, pero no omitiremos esta, dado su interés y su (relativamente) menor impacto visual:

 
     Según algunas hipótesis, se produjo una primera explosión en la cisterna mientras circulaba por la carretera, lo que precipitó el vehículo contra las tapias del camping Los Alfaques, provocando el vertido del propileno y la posterior deflagración que causó la tragedia. Según otras hipótesis, y aunque se admite que hubo al menos dos explosiones, estas se produjeron una vez que el camión había impactado contra el camping, y no antes, de lo que cabe deducir que la pérdida de control del vehículo por parte de su conductor fue debida a causas ajenas previas a las explosiones, llegándose a sugerir incluso un reventón en un neumático o una distracción del chófer. Sea como fuere, y sin entrar en ningún análisis detallado sobre esta cuestión, lo cierto es que la cisterna y la cabeza tractora quedaron separadas cientos de metros entre sí después del accidente. En la siguiente imagen podemos ver la cabina del camión, supuestamente un Pegaso 1083, volcada en los alrededores del camping. Hay quien afirma que durante muchos años estuvo abandonada en un descampado próximo sin que nadie se ocupase de hacerla desaparecer.

 
     Han transcurrido casi 35 años desde aquella lamentable desgracia que se llevó por delante la vida de cientos de personas. Se ha escrito y hablado sobre ella todo lo necesario y debido, y aún más, y sin embargo no deja de tener de cuando en cuando alguna relevancia mediática sensacionalista en la televisión y en internet, obviando cualquier consideración técnica o científica, por supuesto, para incidir, en cambio, en disparatados enfoques parapsicológicos y fantasías espiritistas, tan propios de las mal denominadas ciencias ocultas (cuando la verdadera ciencia representa precisamente todo lo contrario, el conocimiento y el saber perfectamente transparentes y visibles para quien quiera conocerlos). Como tantas otras veces ante sucesos semejantes, para estos gurús del más allá desconocido se multiplican como por ensalmo, cuando a ellos les interesa comercialmente o persiguiendo algún afán de notoriedad, los fenómenos paranormales, las psicofonías y los fantasmas que deambulan desorientados por los arcenes de las carreteras. En este caso en bañador y por la N-340. En fin, este es un blog serio, o aspira a serlo, de modo que dejaremos aquí el tema. 

     Y para terminar, una última imagen, capturada de Google Maps: el camping Los Alfaques en la actualidad. Como puede apreciarse en la fotografía, se ha colocado un guardarraíl de los denominados de doble bionda, a modo de protección. No serviría de mucho si un camión de gran tonelaje impacta contra él, pero ahora el transporte por carretera de mercancías peligrosas se realiza por autopista en su mayor parte. Es de esperar, y lo esperamos todos, que sucesos como los ocurridos aquel trágico día de Julio no se vuelvan a repetir en ninguna parte.